El partero de la Esma*

*Publicado en diario LIBRE

Sus manos se hundieron en busca de la criatura. En el cuarto la luz artificial no lograba apagar la densidad del encierro, pero podía ver lo suficiente para repetir el procedimiento que ya conocía de memoria. A su lado, una de las mujeres secuestrada que oficiaba de enfermera enfermeras asistían a la parturienta mientras él volvía demostrar sus dotes en la materia. Pese a los gritos, el nerviosismo y lo lúgubre de la escena, al doctor no se le movía ni un pelo.

Ese día, Jorge Luis Magnacco, había llegado al Casino de oficiales a cumplir con su misión como lo había hecho ya en otras oportunidades. Hacía lo que tenía que hacer y se retiraba, no entablaba relación con los detenidos ni malgastaba su tiempo en charlas con los “Tomys”: Alberto Arias Duval y Carlos Cabdevilla, sus cólegas encargado de las torturas.

El llanto del bebé despabiló su mente. Ahí, una vez más, la vida se abría paso entre sus largos y pesados dedos. Inmutable, colocó al niño en el pecho de su madre y, sin más, se dio media vuelta, se lavó las manos y se alejó de sótano.

La Escuela de Mecánica de la Armada no era el mejor lugar para trabajar, pero allí -del Casino de Oficiales- tenía todos los elementos suficientes. Sólo se trasladaba a una embarazada al Hospital Naval si el parto se complicaba. Después de todo, de nada valía quejarse, las cosas se habían dado así y él desplegaba su tarea con creces, aún en una sala de maternidad improvisada y clandestina dentro de un centro ilegal de detención.

Magnacco no era un obstetra común, en el no cabían vestigios de calidez ni de contención. En cambio, su mirada gélida parecía congelar cualquier intento de humanidad que pueda caber en su enorme cuerpo.

La ESMA contaba con una Sala de Maternidad, conocida como “La Sarda por Izquierda” y ubicada en el piso superior, y en el ala izquierda del Casino de Oficiales, donde estaban a salvo de las torturas y podían contar con el único halo de luz que se permitía en los camarotes de los secuestrados. En ese marco, las embarazadas eran verdaderas priviligiadas.

Sara Solarz de Osatinsky, junto a Analía Arralde, había sido elegida por Magnacco para ayudarlo en los partos. Estudiante de medicina, la muchacha parecía ser la enfermera ideal. Así fue como presenció más de 15 partos, la mayoría llevados a cabo por el jefe de obstetricia. Uno de ellos, fue el naciminto de Javier Gonzalo Vildoza, en septiembre de 1977.

El caso salió a la luz cuando, Javier hizo llegar una carta al juzgado de María Romilda Servini de Cubría, donde le expresaba su voluntad de someterse a un exámen de adn para determinar su identidad. El resultado fue demoledor: Javier era en realidad hijo de Hugo Penino y Cecilia Viñas. El represor Jorge Vildoza era su apropiador. Sus padres biológicos forman parte del listado de desaparecidos.

Según la investigación judicial, los bebés permanecían unos días junto a las embarazadas en “La Sardá”, hasta que el prefecto Héctor Febres se los llevaba a los brazos de los apropiadores.

El edificio que viste la calle Marcelo T. de Alvear al 1600 es una especie de mole antigua pero a la vez elegante y sobria Magnacco reside en el mismo departamento hace, por lo menos, tres décadas junto a su mujer. Allí cumple prisión domiciliaria desde 2005 por el secuestro del hijo de Roisinblit. Y el hombre no desobedece la orden: “No se lo ve salir hace años, excepto cuando el patrullero de la Federal lo traslada hacia las salas de juicio o a realizar algún trámite relacionado a la causa por la que fue condenado. Sin embargo, su presencia se siente en cada pasillo del edificio: “No tengo idea”, “no sé de qué me hablás”, “no respondo cuestionarios”. Las evasivas de todos y cada uno de los vecinos respecto a la existencia del anciano preso demuestran que ellos son los mejores guardianes de la rutina del médico. Tal vez prefieren el silencio antes que la vergüenza, dado que el escrache que realizó H.I.J.O.S en 1996 todavía retumba en las paredes.

En ese año, un programa de televisión (“Investigación x”) lo descubrió atendiendo en la guardia del Sanatorio Mitre. La productora que realizó la cámara oculta habló con LIBRE y relató: “Cuando se abrió la puerta, lo vi gélido e impecable, hasta sus ojos transparentes lo hacían parecer un estereotipo de nazi”. La emisión televisiva fue la punta del iceberg: puesto en evidencia y sin la cobertura del decreto de “obediencia debida y punto final”, debió dejar la actividad el 16 de mayo de 2001. Ese fue el principio del fin.

Sin embargo, su matrícula todavía permanece activa en el Ministerio de Salud. Es decir, que es libre de ejercer su actividad.

GRIS. Así se lo ve a Magnacco en la actualidad. Su aspecto, su piel y su mirada, en conjunto, lo hacen ver como un fantasma del color de las cenizas, gastado y sin rumbo. El viejo médico no pierde las mañas: prolijamente engominado, con la barba recortada y vistiendo un traje inmaculado, desciende del décimo piso y traspasa la puerta del edificio sólo para ingresar, sin inmutarse, al móvil que lo traslada cada semana a Comodoro Py 2002 para enfrentarse al Tribunal Oral en lo Criminal Nº6 .

Su altura imponente no llega a alcanzar la de Reynaldo Bignone, el ex presidente de facto le lleva una cabeza y varios años: con 83 cumplidos, el ¿Coronel? supera en edad al médico de 69. Sin embargo, el primero no acusa ninguna enfermedad, en tanto que el galeno declara haber sido operado por un cáncer de vejiga, padecer gastroenteristis, una lesión cardiaca, hernias de disco y una nueva afección que “no está siendo tratada hace ocho meses”, según sus propias palabras, aunque no se lo ve tan deteriorado como a su superior.

La sesión entra en cuarto intermedio. El médico se levanta y adopta su postura habitual: entrecruza sus manos por detrás de su espalda y espera paciente su turno para salir de la sala. Sus familiares se impacientan y, desde lo alto, lo saludan con entusiasmo: “Papá, papá”, grita una mujer. Magnacco se da vuelta y sonríe de costado: sabe que este juicio no alterará el pasado.

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